Un invierno frío y lluvioso

Invierno en San Fernando (Colchagua), frío y lluvioso. Por las mañanas me iba al Liceo, recorriendo las calles empedradas y recogiendo joyas transitorias, diamantes fugaces, los trocitos de escarcha que hacían de transparente y efímero pavimento sobre las piedras.

Por ahí don Pedro Quijada, profesor de Física, nos dio la primera clase. Se me quedó grabada allí donde esas cosas se graban, porque me provocó una sacudón telúrico al tiempo que me resolvió un puñao de cuestiones que me corroían por dentro. Don Pedro comenzó por el Principio de Causalidad, arrancándome de cuajo los últimos vestigios del adoctrinamiento al que nos habían sometido las hermanas Meneses, piadosas solteronas que, incapaces de males mayores, impartían clases de catecismo.

Dicho así te toca una sin mover la otra. Pero debes saber, alma descreída, que el Principio de Causalidad, principio fundamental de la Física, tal vez el más importante de todos, ordena los acontecimientos en el tiempo según un encadenamiento irremediable, y prohíbe toda posibilidad de modificar un acontecimiento si este pertenece al pasado.

Entre las consecuencias de este principio, en el marco de la física de las partículas, se cuenta una imposibilidad radical que vale para toda la Física: la de –viajando en el tiempo– remontar al pasado. Dios todopoderoso y el popular Terminator salen mal parados como simples productos de la ficción y los defectos especiales.

Como si nada, la existencia de la antimateria está ligada al Principio de Causalidad. Paul Dirac pasó años haciendo cálculos raros, y en el año 1928 predijo la existencia de partículas de energía negativa. Más tarde, en el año 1932, Carl Anderson, un joven físico estadounidense, detectó en la radiación cósmica los positrones, antipartícula del electrón que porta una carga positiva. Como dice Étienne Klein, la antimateria no se opone a la materia en plan llevarle la contra: el prefijo “anti” debe ser entendido en el mismo sentido que coge en la palabra antípoda.

En fin, que el Principio de Causalidad me ordenó las ideas cuando tenía apenas 13 años, y la Mecánica Clásica hizo surgir nuevas cuestiones que me hacían perder el sueño. Una noche de verano miraba la luna, como seguramente la miraban los filósofos atomistas griegos 2 mil 500 años antes que yo, y de repente me quedé apernado en un tema no menor.

Don Pedro Quijada nos había hablado de la Ley de Gravitación Universal, enunciada por Newton en el año de gracia de 1687, que hace que dos cuerpos se atraigan con una fuerza directamente proporcional al producto de sus masas, e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia. No le quito ni le pongo, eso fue lo que nos contó Don Pedro Quijada.

¿Y ahí? Nada. Que mirando la luna me quedé pensando en cómo hacía la luna para atraer a la Tierra, y en cómo hacía la Tierra para atraer a la luna. Si miras bien, ambos cuerpos celestes no están unidos por una cuerda que evite que se aparten el uno del otro. En ese entonces no conocía la Mecánica Relativista de Einstein, y aun menos la Física Cuántica. La curvatura del espacio aun no entraba en mis reflexiones, y la existencia de partículas llamadas gravitones (que por lo demás aun nadie ha encontrado), responsables de la interacción llamada gravedad, no formaba parte de mi relojería intelectual. La teoría de las cuerdas no se consolidó sino en el año 1984, de modo que servidor mal podía, en 1962, en el Liceo de San Fernando, haber oído hablar de ella. De modo que aquí estamos aun, sin una respuesta clara sobre la pinche cuestión que me planteé a los 13 años.

Años más tarde lamenté no haber tenido la oportunidad de profundizar mis estudios de Física, visto que para encontrar lo que realmente importa hay que comenzar por plantearse las buenas cuestiones. Eso era precisamente lo que, sin saberlo, hacía yo gracias al profe Quijada.

Pero lo mejor vino una fría y lluviosa noche de invierno. Acurrucado en mis sábanas ya tibias, al escuchar las ráfagas de viento que asolaban las calles y el intenso y persistente tapotear de la lluvia, me dije que en ese momento no debía haber un alma afuera. En ese preciso instante surgió la cuestión que me inquietaría durante muchos años: cuando no hay nadie presente, nadie que pueda mirar la calle, ni el empedrado, ni las acacias… ¿están allí la calle, el empedrado y las acacias? Dicho de otro modo, ¿la existencia de la materia es o no es independiente de la observación?

Si bien en el mundo que conocemos la cuestión parece no plantear problemas, ella sí es pertinente en el mundo de las partículas elementales. Para la intuición de la inmensa mayoría de las personas puede parecer insensato, pero las partículas materializan su presencia solo cuando se las observa. Las partículas adoptan y revelan sus propiedades en el momento en que se produce la observación. Hasta ese instante, una determinada partícula podía estar o no estar, poseer tal propiedad, o la propiedad exactamente inversa. Resulta difícil de captar, pero la presencia de las partículas y las características de su estado no cobran realidad sino en el momento en que un observador las mira. Étienne Klein escribe:

“Aunque parezca increíble, es la medición (observación) la que obliga a una partícula a tener una velocidad si se trata de una medida de velocidad, o una posición, si se trata de una medida de posición”.

Una o la otra, según el principio de indeterminación de Heisenberg (indeterminación, y no incertidumbre, visto que en mecánica cuántica sí se puede medir con precisión o la velocidad, o la posición, pero no ambas al mismo tiempo). De modo que al preparar una observación (una medición) de tal o cual partícula, el resultado revelado depende de la observación (de la medición). La presencia y las propiedades de una partícula no son independientes de la observación a la que la somete el investigador.

La cuestión que surgió en mi cafetera esa fría y lluviosa noche de invierno tenía pues razón de ser. Muy probablemente caí en brazos de Morfeo acompañado de la duda. Lo cierto es que hasta ahora, más de medio siglo más tarde, los físicos se interrogan con relación a estas cuestiones, y a otras no menos sorprendentes.

La vida me llevó por otros caminos, pero nunca dejé de pensar en los fenómenos físicos. Esa reflexión me ayuda a conciliar el sueño, a pesar de que muchas cuestiones, como la invariancia de las Leyes Físicas con relación al tiempo, o bien la inexistencia del vacío, pueden perfectamente desvelarte más de una noche.

El desvelo, por su parte, es invariante con relación al clima: que la noche sea fría y lluviosa, o bien cálida y seca, no modifica la posibilidad de que se produzca.

 

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