La vida real

Algunos conocidos de conocimiento reciente suelen preguntarme “¿Dónde vives?”

La respuesta es fácil. “Vivir, lo que se llama vivir, vivo en la costa.” Desde luego no me refiero al simple hecho de existir, de ser, de estar, de respirar, de constituir una entidad termodinámica que se encuentra lejos del equilibrio, o sea de no estar muerto y enterrado.

En la costa la palabra vivir cobra para mí la plenitud de toda su significación semántica. Un francés diría “s’épanouir”, y lo pongo en francés por la sencilla razón que el verbo reflexivo “s’épanouir” no tiene traducción al español, o bien una insuficiente: “sentirse pleno”, que no revela todo el contenido etimológico que acarrea el verbo galo: “abrirse” (una flor), “regocijarse”, “distenderse” (la alegría distendió su rostro, sus nervios se distendieron…), “desplegarse” (los pétalos de una flor), “serenarse”, o aun, “desenfurruñarse”.

Vivo pues en la costa, aun cuando un chileno normalmente constituido no diría jamás “la costa”, sino “la playa.” Los chilenos del litoral viven en “la playa”, exceptuando desde luego aquellos que moran en Valparaíso o en Concepción, que pueden ser considerados tan citadinos como cualquier habitante de Santiago.

Hoy vine a mi casa en la costa, como hago cada vez que logro liberarme de las tareas que ejecuto como ánima de Purgatorio, obligada a expiar sus pecados con el propósito confeso de acceder a la gloria.

En el camino pasé a Casablanca a comprar dos o tres cosas, mayormente ultramarinos, visto que no solo de pan vive el hombre o, como se diría en lenguaje inclusivo el hombre y la hombra, en fin, nosotres.

En la entrada del supermercado… una viejita, delgada, pequeña, frágil, ojos azules, sola, cuya mirada proyectaba bondad y al mismo tiempo un no sé qué que uno pudiese asimilar a una forma de súplica muda, un modo de implorar saturado de dignidad.

Me dijo algo que no entendí, al tiempo que me tendía una hoja de papel. No logré comprender lo que decía, ni examinar al vuelo lo que ponía el papel. A la salida, empujando el carro con mis compras, me acerqué y le pregunté qué quería.

“Es una rifa”, me dijo. “Para un caballero enfermo. Tiene que hacerse una resonancia magnética, un scanner, y con el sueldo no alcanza. No todas las enfermedades tienen Auge. Quinientos pesos –precisó–, quinientos pesos el número.”

Tomé la hoja, puse mi nombre y le pasé mil pesos. No comprendió. “Dos números”, le dije. “Gracias…”, la escuché murmurar, “se pasó”.

“Suerte”, dije, a modo de despedida. Y me alejé con pena. Buscando mi refugio de la costa, perdón, “de la playa”.

En el lugar en que “vivo”, muy a mi pesar, no pude, no puedo, dejar de pensar en el “legado”…

 

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