Jean-Luc Mélenchon

¡La esperanza podría ganar las presidenciales!

Curiosas elecciones presidenciales francesas, que ofrecen de todo un poco, y un poco de todo. Las “primarias” de la derecha designaron un candidato en oro macizo, el futuro presidente, –tú ya sabes como son los “expertos” y los encuestadores–, nada podía detener a François Fillon.

Nada, salvo la codicia: Le Canard Enchaîné hizo pública la costumbre de Fillon de pagarle a su esposa y a sus hijos generosos salarios con plata del Parlamento, sin que nadie pueda probar que algún día trabajaron. La Justicia inculpó a Fillon y a su mujer –esperando la inculpación de sus hijos, que ya viene– por malversación de fondos públicos, complicidad y encubrimiento de malversación de fondos públicos, complicidad y encubrimiento de abuso de bienes sociales, y encubrimiento de estafa agravada. La nada misma. Fillon, que había prometido retirar su candidatura si era inculpado, hizo como Piñera: puso cara de palo y desconoció su propia palabra.

Por si fuese poco, se supo que un “generoso amigo” le pagaba los lujosos trajes que siempre lleva encima. Poca cosa, media docena de ‘ternos’ a 8 mil euros cada uno. Todo dios gritó que eso se llama tráfico de influencia. La gente es mala…

Los socialistas galos, para no ser menos, organizaron su propia “primaria” en la que debía ganar el primer ministro Manuel Valls, un tipo que está a la derecha de Gengis Khan. Neoliberal convicto y confeso, a su lado François Hollande –un picha floja que cedió ante los mercados financieros en menos tiempo del que tardo en contarlo– pasa por un bolchevique del ala radical. Patatrás… los sociatas eligieron a Benoît Hamon, del ala izquierda del PSF. En menos que canta un gallo todo el gobierno socialista, Manuel Valls y medio PSF, le declararon su apoyo al “traidor” Emmanuel Macron, un tomate hidropónico que el propio Hollande fue a buscar al Banco Rotschild para ungirlo ministro de Economía.

Macron tiene una trayectoria clásica entre los altos funcionarios del Estado: brillantes estudios pagados por la República, para luego “pantuflear” (ganar plata) poniéndose al servicio del sector privado. Cuando Hollande aun soñaba con presentarse a la reelección, Macron se fue del gobierno y presentó su propia candidatura: de ahí lo de “traidor”. Pero el bichito neoliberal sigue ahí. El PSF se despedaza ahora entre Hamon y un Macron que declara que él no es ni de izquierda ni de derecha, en todo caso de socialista nada. Como Piñera, Macron quiere un “gobierno eficiente”. Lo malo para él es que como ministro de Economía fue un desastre.

Sin embargo, oliendo oro en barras, una masa de políticos con un sentido de la ubicación superior al de Maradona corrió a apoyar a Macron: una decena de ex ministros de Chirac (derecha), la élite neoliberal encabezada por Alain Minc (guardando las proporciones, una suerte de Tironi galo), Robert Hue, ex secretario general del partido comunista francés, François Bayrou, líder del extremo centro, y los ya mencionados socialistas. Como bandera bien pudiesen elegir la Jolly Roger, el emblema de los piratas.

Su argumento principal, sino único: “hay que impedir el triunfo de Marine Le Pen”, la candidata del neofascismo. Eso es lo bueno de la progresía, siempre encuentra una excusa –un enemigo letal– para justificar mantenerse amorrada a las sinecuras públicas.

Como era de esperar, los fabricantes de encuestas a pedido y a la medida proclamaron que Le Pen es grito y plata, y sugirieron que el único que puede impedir su victoria es el ectoplasma Macron.

Era sin contar con la realidad: Le Pen no tiene ninguna posibilidad de ser elegida porque aun cuando llegase al 30% en la primera vuelta (apuesto a que estará lejos de eso), en la segunda pierde 70-30.

Por otra parte, como que no quiere la cosa, empezó a aparecer con fuerza la candidatura de la Francia Insumisa (FI) de Jean-Luc Mélenchon. No solo la brillantez que le reconocen moros y cristianos lo sitúa por encima de candidatos de probada mediocridad. Su programa, –en el que figuran la paz, la ecología militante, los derechos sociales, una justa distribución de la riqueza, la apertura a las nuevas tecnologías, la transición hacia energías renovables, el reforzamiento de los servicios públicos Salud y Educación a la cabeza–, le habla a una población cansada de verse empobrecida en un país que nunca ha sido más rico en toda su Historia.

Y he ahí que hasta los encuestadores más empedernidos se vean obligados a mencionar la posibilidad de tener, en la segunda vuelta, a Jean-Luc Mélenchon.

Mélenchon declara con fuerza y convicción que quiere la paz. En un continente atravesado por la fiebre marcial, cuyos países están inmensos en cuanta guerra haya en el planeta (Afganistán, Iraq, Libia, Siria, Malí…) y en cuanta disputa territorial subsista (Ucrania, Georgia, Bulgaria, Macedonia, Kosovo, Irlanda del Norte, Cataluña…), la palabra paz cobra una importancia mayor. Si a eso le agregas la actitud de buena parte de los gobiernos de la UE, que siguen en la OTAN aun cuando no hay nada que lo justifique sino los intereses del imperio… hablar de paz requiere de un enorme coraje.

Mélenchon, admirador de Jean Jaurès, no ignora que el fundador del socialismo francés –partidario de la paz– fue asesinado precisamente para meter a Francia en la I Guerra Mundial.

Frente a las ominosas amenazas de guerra –los EEUU acaban de enviar una flota a las aguas de Corea del Norte– la cuestión que se plantea no es la de la elección entre izquierda y derecha, sino la alternativa entre la supervivencia de la Humanidad y su desaparición.

Atrás, como telón de fondo, tenemos un planeta que se muere de calentamiento global, de destrucción del medio ambiente (en Chile contribuimos con la quemazón de medio millón de hectáreas hace muy poco), de energías contaminantes, de consumo irracional de basura industrializada, de alimentos cancerígenos, de sobre-explotación de las riquezas mineras y los millones de toneladas de residuos tóxicos que la acompañan, de la masacre de las riquezas pelágicas (mareas rojas entre otras), del uso del mar como un vertedero de basura.

En el vortex del Pacífico, inmenso continente de plástico, cada día los peces ingieren 66 toneladas de residuos plásticos, 24 mil toneladas al año. La fundación suiza Race for Water inicia ahora un estudio que durará cinco años gracias a su barco Planet Solar –que se mueve gracias a la energía solar, al viento y a motores a hidrógeno cuyo único residuo es agua– para medir la gravedad de la contaminación de los océanos.

Las cifras disponibles dan escalofríos: según Marco Simeoni, presidente de Race for Water, “hoy en día 5 a 10% de la producción mundial de plástico termina en los océanos, o sea un kilo de plástico por cada cinco kilos de peces. El año 2050 podríamos llegar a la paridad.”

De ahí que cuando Jean-Luc Mélenchon evoca la planificación ecológica, millones de seres humanos sientan renacer la esperanza.

Como los estadounidenses con Bernie Sanders, los británicos con Jeremy Corbyn, los españoles con Pablo Iglesias…

Evolucionar hacia un mundo más racional, más justo, más respetuoso de la finitud de la Tierra y de sus recursos, so pena de liquidar nuestro hogar común, es una consigna que podría darle a Francia un presidente digno de nuestros tiempos. Uno que haría renacer, junto con la esperanza, la misión universalista de los revolucionarios de 1789.

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