Treinta y una

La primera vez que visité el Louvre –a fines del año 1975– no era lo que es ahora. Mitterrand aún no había llegado para convertirlo en el más gran museo del mundo y sin embargo ya era gigantesco. Tuve que entrar por el ala Denon, por un acceso que, comparado con la Pirámide de cristal, se me antoja hoy un vericueto digno de D’Artagnan en la conocida novela de Alexandre Dumas “El Collar de la Reina”. En esos años los miles de ventanas de palacio aún no conocían los amorosos cuidados de un artesano chileno que sería luego el encargado de su mantenimiento: mi hermano Alan Casado.

Hasta ese momento la idea que me hacía del Louvre me impulsaba a ver lo que cualquier hijo de vecino: la Victoria de Samotracia, Afrodita –más conocida como la Venus de Milo–, el Coronamiento de Napoleón de David, la Balsa de la Medusa de Géricault, la Odalisca de Ingres, la Libertad guiando al Pueblo de Delacroix, y desde luego la famosísima Gioconda de Leonardo da Vinci.

Sin embargo… me quedé paralizado durante media hora delante de una pintura que miré y miré hasta que pensé habérmela grabado para siempre allí donde uno graba esas cosas. El tema, un humilde carpintero curvado sobre su herramienta –un taladro manual–, levanta ligeramente la cabeza para mirar a su hijo que sostiene la fuente de la única luz en un cuadro vesperal: una vela. El niño sostiene la candela en su mano derecha mientras la izquierda hace de pantalla. La luz, he ahí el detalle. El milagro. Al salir, compré una reproducción que un conservamos en el escuálido patrimonio familiar.

En esa época el Louvre exhibía sólo un cuadro de Georges de la Tour (1593-1652), pintor francés olvidado durante siglos, y redescubierto en el siglo XX. Hasta entonces Georges de la Tour no merecía sino un magro espacio en un muro cubierto por decenas de otras pinturas del siglo XVII. Aún cuando pintó centenares de cuadros, al día de hoy se han identificado sólo 40. Muchos de ellos atribuidos a otros pintores, ya españoles, ya italianos, ya holandeses. Hace unos años, el Louvre logró montar una sala que reúne media docena de obras del pintor que me provocó el inolvidable terremoto neuronal. Un tesoro.

Ayer, de regreso de Las Palmas de Gran Canaria me detuve en Madrid: el Prado logró la hazaña de reunir treinta y un cuadros de Georges de la Tour, para ofrecer la más grande exposición de obras del pintor francés de la que se tenga memoria. Tales joyas, atesoradas por diferentes museos del planeta, exigen años de trabajo y prodigios de negociaciones para viajar a otro sitio. Verlas es un privilegio.

Georges de la Tour no era sólo un mago de la luz. Sus temas respiran actualidad. Sus personajes, triviales, banales, vulgares, el pueblo, no eran apreciados en una época en la que sólo se pintaba retratos de monarcas, príncipes e infantas, amén del crucificado y otros personajes bíblicos, convenientemente rodeados de su ostentosa riqueza o de sus atributos divinos, eliminando cualquier referencia a la vida cotidiana, a la realidad que vivían millones de miserables.

¿Dónde se ha visto que fuese tema una modesta sirviente que se despulga y aplasta entre sus uñas uno de los asquerosos insectos?

La joven sumida en una profunda reflexión a la luz de una vela, la mano posada en una calavera, ¿es Magdalena penitente? ¿O bien simplemente una joven mujer llamada Madeleine Terff?

Georges de la Tour pinta los (supuestos) santos como lo que fueron: hombres o mujeres pobres, trabajadores, viejos, con manos sarmentosas, uñas sucias, pies llenos de callos y juanetes. Sobre sus cabezas no hay aureolas, los ángeles no tienen alas. Al punto que los “expertos” dudan de la pertinencia del título de mi cuadro preferido: San José carpintero (y el niño Jesús). En inglés le llaman Joseph the Carpenter, así, a secas, sin el “san”. Algunos osados especialistas afirman el carácter laico de la obra de Georges de la Tour, y esa interpretación cuadra con lo que vemos: un artesano y su hijo, en una escena conmovedora, impregnada de la magia de la luz que Georges de la Tour hacía surgir como de un sueño.

De regreso en París, satisfecho del laburo realizado en Canarias, y fascinado de la visita a Georges de la Tour que mis entrañables amigos Danilo y Marta hicieron posible, me digo que soy un hombre mucho más rico. Tuve el privilegio de estar entre los primeros en descubrir el genio de un pintor olvidado, y cuarenta años más tarde, cuando ese pintor alcanzó fama planetaria, tuve el privilegio de asistir a esa fiesta que sólo el amor y el respeto por la cultura consigue organizar: treinta y una pinturas magistrales.

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