Era bueno el asado…

¿Otro choripán? Tan güenoh loh shoripaneh… Yo kiero máh carnesita, desa máh quemaíta… Si poh…

¡Qué tiempos aquellos! Ahora la carne forma parte de las antigüedades que deben desaparecer, van desapareciendo, junto a figuras populares como el guatón parrillero. Comer carne produce cáncer.

Peor aún si la carne fue procesada y transformada en chorizo, salchicha, embutido, paté, longaniza o jamón acaramelado. No lo digo yo, lo dice el muy serio Centro Internacional de Investigación del Cáncer (CIIC) que funciona en el seno de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El hambre mata, comer también, trágate esa. Comer carne mata. Las llamadas carnes rojas: vaca, ternera, buey, cerdo, cordero o caballo. El ave también: pollos, gallinas, gallos, patos, faisanes, codornices, pavos, gansos, ocas, pintadas, perdices, pichones, tórtolas…

El CIIC no dice nada ni del perro ni del gato que comen en Asia, ni del mono que se jaman algunas tribus del Amazonas y algunas poblaciones africanas. ¿Comer primos provoca el cáncer? Anda a saber… Lo cierto es que cada porción de 100 gramos de carnes rojas al día aumenta el riesgo de cáncer colorectal en un 17%.

Colorectal el cáncer.

De solo pensar en la región antártica de mi atribulada anatomía me da algo. El cáncer, cualquier cáncer, no tiene nada de simpático ni de dicharachero. Tal vez por eso en Chile bautizaron ese tipo de dolencia como “enfermedad catastrófica”, sin aumentar los presupuestos de la Salud pública como para apaciguar el efecto del pánico.

Hay métodos de detección del cáncer colorectal que consisten en poner algunos gramos de tus materias fecales en un frasquito, y enviarlo a un laboratorio. El tema es que no es un frasquito, sino varios frasquitos, y tienes que almacenar lo que conviene llamar “muestras” durante varios días antes de ofrecerlos al minucioso examen de algún hombre –o mujer– de ciencia. Y todo por pinches 100 gramos de bistec, o peor aún, de esa aglomeración de nervios, cartílagos, desechos y tendones molidos que constituyen las hamburguesas.

Como cualquier hijo de vecino, servidor piensa que sustituir la carne por atún, rape, lubina, congrio o corvina saturados de metil-mercurio no es plan. Ni aún menos por un salmón engordado con pellet, rebosando antibióticos y maquillado con colorantes. Limitarse a las ensaladas, como los vegetarianos, te hace correr el riesgo de tragar demasiados perturbadores endocrinos. ¿Un sanguchito? En la fabricación de pan se ha descubierto no menos de 102 aditivos que tienen diferentes niveles de toxicidad.

La misma OMS recomendaba comer cinco frutas y cinco verduras al día, hasta que supimos que vienen rezumando pesticidas. Las papas fritas y algunos pastelillos adolecen de un exceso de acrilamida, sustancia que ataca los sistemas nervioso y reproductivo. ¿El arroz? Contiene demasiado arsénico.

Las cremas con gusto a sucedáneos del chocolate son fabricadas con aceite de palma… No hay caso.

Para más inri, mientras te comes el asado cubierto de moléculas cancerígenas provenientes del carbón y las altas temperaturas, respiras el aire de Santiago, el de Los Ángeles, Temuco o Puerto Montt. La mierda que cubre nuestro “cielo azulado” tiene el detalle de ser muy democrática.

Luis Casado,  Politika

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